jueves, 28 de febrero de 2013

Recordar, y querer...

Es hora de decir que me toca recordar. De eso va todo esto. A esto nos evocan los 500 días, los muchos años y las constantes estaciones. Y la vida, claro.
Los fracasos, las esperanzas, los 500 te quiero y los 1000 te odio. Y las lágrimas. Aunque fueran de mentira, o de verdad. Los dibujos en la mesa, las flores marchitas, los susurros en la feria, los gritos en el cine, los engaños físicos... y los mentales.


Las esperas, los acelerones, las llamadas y despedidas. Los sombreros y chalecos, las burbujas de jabón, los rayos de sol y las gotas de lluvia. Las cartas de amor y desamor, las expectativas y las realidades. Las copas y los bares, la playa y los pechos. Y la música...

Y los sueños. En la cama y en la clase. En la calle y en el coche. Y ella. Y yo.

Los olores y sabores, los amigos que no se escuchan, las carreras por las grandes avenidas y los atardeceres a su lado. Y los amaneceres... y las sonrisas amplias.

Las muñecas de trapo, los cromos alabeados y los cines de verano. Las bragas con lacitos y las calzas hasta las rodillas, las faldas con olor a naftalina y las cuevas de murciélagos. Ahh y los disfraces de superhéroes, las máscaras reales... e imaginarias. La nata... y las fresas. Los destinos. El propio camino. La carretera llena de curvas y las playas escondidas. Los juegos de mesa y los whiskys naturales. Los cigarrillos enriquecidos con su aroma y los idiomas imposibles. Lo posible de lo nuestro y lo imposible. Y la culpa.

Cuando todo el puñetero planeta me la recuerda. Cuando no existe canción o película sin historia, cuando sólo yo existo porque nadie me comprende. Entonces aparece alguien que te cuenta una historia parecida.
Y sonríes, porque a pesar de todo el fatalismo, sufrimiento e incomprensión la vida puede ser maravillosa.

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